dilluns, 11 de gener del 2010

Comienzo de la imaginación

Pasaban siete minutos de la medianoche. El perro estaba tumbado en la hierba en mitad del jardín de la casa de la señora Shears. La casa era un edificio de estilo clásico con toques modernistas. La puerta era grande, con el pomo de oro. En el recibidor, había una lámpara que colgaba del techo, que a todas horas emitía una potente luz. Al pasar el recibidor, quedaba la sala más grande de la casa, el gran salón, decorado con muchos cuadros, sofás y una gran butaca con una lámpara de pie, idóneo para leer. En el segundo piso estaban las habitaciones, y en una de ellas la señora Shears.
El silencio reinaba en la casa hasta que un estruendo lo rompió. El perro salió corriendo, y la señora Shears despertó sobresaltada, de un profundo sueño. Se levantó de un revuelo y se asomó a la ventana. Una silueta dibujada con los bordes difuminados a causa de la densa niebla se dibujaba a lo lejos. La señora Shears se puso su bata y bajó al primer piso. No veía a nada ni a nadie. El estruendo se repitió, esta vez más fuerte. Asustada fue a por el teléfono, pero unos golpes provinente de la puerta principal la cortaron. Entró en un estado de shock, sin saber que hacer. Miró por la rejilla del lado de la puerta e identificó a la sombra. Era el padre de Cristopher.
-DIOS! Casi me mata del susto! Que querrá ahora este hombre- murmuró.

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