Una de las cosas que más odio de “los días de cada día” es la brusquedad con que te despierta el relojito ese que pita. Le doy un tortazo, lo estampo contra la pared y me vuelvo a dormir.
Cuando me despierto, veo a mi padre con la vena del cuello hinchada, los ojos salidos i gritando. Me pongo muy nervioso. Adopto mi postura fetal y me balanceo. Así se callará.
Al cabo de 10 minutos, creo que ya se habrá relajado y levanto mi cabeza. No está. Me voy a la ducha y me visto. Pero al abrir la puerta del baño, me encuentro con nada, completamente blanco. Me fascina. Apoyo un pie en esa blancura, y, es sólido, me puedo mover por ahí. Me gusta. Estoy solo, siempre me ha gustado. Cojo un rotulador y empiezo a escribir todas las formulas matemáticas que se. Después de aproximadamente unas dos horas –ya que no llevo reloj- me duele la cabeza. Me estiro un rato a descansar repasando los numeros primos.
Cuando he dicho tantos que ya no se cual es el siguiente, me pongo a crear hipótesis matemáticas. De golpe me vienen ganas de correr, veo una puerta la abro.
Una de las cosas que más odio de “los días de cada día” es la brusquedad con que te despierta el relojito ese que pita. Esta vez, lo apago suavemente y me levanto.
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